Reflexiones sobre la globalización

A lo largo de las últimas dé­cadas, la globalización se han convertido en una parte tan intrínseca de nuestras vidas que es difícil imaginarse otra atmósfera profesional y econó­mica. Las generaciones más jó­venes han asumido esta nueva forma de funcionar, mientras disfrutan de ropa y aparatos de alta tecnologías fabricados en la otra punta del mundo o dan por sentado que pueden elegir dónde estudiar, viajar o vivir. Los más mayores aprecian que las transacciones comer­ciales hayan reemplazado a los intercambios beligerantes. Las mejores conexiones para el transporte internacional, unas fronteras más abiertas y el progreso tecnológico han contribuido a la globalización. Estos adelantos han reducido el tiempo y el espacio en todo el mundo, así como en el ám­bito del comercio internacional y financiero.

Los beneficios son evidentes: hay una mayor riqueza global e igualmente, un aumento del crecimiento económico tanto en los países pobres como en los desarrollados. De cara al mundo empresarial, las po­sibilidades son más amplias en cuanto a flujos de capital, costes salariales, proveedores y legislación sobre impuestos. Esto lleva consigo mayores economías de escala y oportu­nidades de inversión, al tiempo que aumenta la competencia.

Sin embargo, hay fuerzas que empujan el mundo hacia un mayor proteccionismo. El poder de la economía ha ro­bado prioridad a la política y también, de alguna manera ha debilitado democracias. Las tensiones internacionales son resueltas con sanciones econó­micas más que a través de la discusión diplomática. Aunque no toda el área occidental se ha beneficiado de la misma manera. Los del sur de Europa ha perdido parte de su sector industrial y han visto como muchas empresas se han des­localizado, dirigiéndose a paí­ses en desarrollo con mano de obra más barata y una menor presión fiscal.

Este empoderamiento del di­nero y una distribución poco equitativa de la riqueza en detrimento de los estándares políticos y sociales nos ha lle­vado recientemente a cuestio­nar la globalización, así como a un auge del nacionalismo y el proteccionismo en Occiden­te: Trump y su tan proclama­da “America first”, que como primera tarea se ha marcado la renegociación de los trata­dos comerciales, o Wallonia discutiendo cada nimiedad de los términos del acuerdo comercial entre la Unión Eu­ropea y Canadá. La dicotomía estaría en restaurar las fron­teras o construir muros o en abandonar el euro, como se puede ver claramente en los programas de los candidatos que optan al primer puesto de las elecciones en América y Europa.

Ciertamente, la globalización trae a colación temas contro­vertidos: la libre circulación de trabajadores está añadiendo una presión extra en algunos países (especialmente en las áreas de servicios sociales y el sector público) mientras priva de fuerza de trabajo a países emergentes (fuga de cere­bros). La creciente circulación de productos y personas pro­voca daños con un efecto a largo plazo en el cambio cli­mático y en el medioambiente (fuerte aumento de la huella de carbono e industrialización en países que carecen de le­yes medioambientales).

La libre circulación de personas conlleva también cierto nivel de desarraigo cultural, así como el debilitamiento de valores co­lectivos y puntos de referencia, especialmente entre las clases trabajadoras, que soportan cotidianamente la presión so­bre su puesto de trabajo y su salario sin contar tampoco con la educación o los medios para viajar y beneficiarse de la nue­va estructura económica. Su capacidad de decisión parece estar perdiendo peso día a día.

Algunas empresas multina­cionales han instalado sus sedes en estados con políti­cas de impuestos reducidos, provocando una caída de los ingresos en países donde realmente desarrollan su ac­tividad. Al final, los vínculos y la interdependencia global implican que cuando en un lu­gar se estornuda, el resto del mundo coge un resfriado. Los políticos y los movimientos “populistas” no pueden dete-ner el cambio tecnológico y la ubicuidad.

En la reunión anual del Foro Económico Mundial de 2017, en Davos (Suiza), la cuestión de la globalización fue el tema principal. Christine La­garde, directora general del FMI, dijo que ella ya había ad­vertido sobre la desigualdad en el 2013 y argumentado que si el objetivo era sobrevivir, los frutos de la globalización deberían ser redistribuidos de forma más equitativa -y por supuesto la iniciativa no debería tener marcha atrás. “Hay 3,6 billones de personas en todo el mundo que aspiran a mejorar sus ingresos, a po­ner comida en el plato dos ve­ces al día o una vez al día. Dar la espalda a la globalización, dar la espalda a la ayuda al desarrollo es exactamente el peor enfoque posible. Decir que la globalización es mala porque destruye puestos de trabajo es demasiado simplis­ta en algo que necesita un mayor esfuerzo de análisis y comprensión”, dijo Lagarde. *

Sin embargo, de acuerdo con la investigación lleva­da a cabo por Credit Suisse (“Globalisation Report”) pu­blicada a principios de año, la globalización tal y como la conocemos está cambiando y está siendo lentamente reemplazada por un mundo multipolar. Por ejemplo, una concentración de varias re­giones con diferentes cultu­ras, modelos sociales, leyes, patrones económicos y cone­xiones sociales. El escenario identifica tres polos regiona­les principales: América, Eu­ropa y Asia encabezada por China, que van a competir el uno con el otro en térmi­nos de influencia económica o política y en éxito.

* Fuente: www.weforum.org

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